La prosperidad desde otro punto de vista bíblico

No solo los enamorados del evangelio de la prosperidad han buscado poseer salud, riqueza y felicidad, las cuales se identifican como derechos divinos y muestras de la bendición de Dios. Tampoco ellos son los únicos que han evitado la adversidad y la pobreza como si fueran maldiciones. Pero los caminos de Dios son más misteriosos de lo que percibimos.

Dios gobierna el universo por su providencia secreta de tal manera que nada ocurre sin que él lo autorice. No obstante, su mano por lo general actúa oculta entre nosotros. ¿Qué podría ser más natural que los cambios de estación? Sin embargo, son tan constantes las desigualdades y diversidades, que pareciera que cada año, mes y día los gobierna una nueva providencia divina.

El padre de la Iglesia, Basilio el Grande, afirmaba que tanto fortuna como azar son términos paganos, términos que los santos no deberían utilizar. Pero, a pesar de que todas las cosas son decretadas por el plan de Dios, para nosotros parecen casuales; el orden, la razón, el fin, y la necesidad las consideramos accidentales. En nuestro corazón, deberíamos recordar constantemente que ninguna acción que no haya sido prevista por el Señor se llevará a cabo.

Algo verdaderamente efectivo que nos ayudará a mantenernos en una línea recta sin desvíos en esta economía, es la firme creencia de que todas las situaciones están en manos de Dios y que él es tan misericordioso como poderoso.

Por nuestra disposición a culpar a Dios frente a la adversidad y a engrandecernos a nosotros mismos en momentos de prosperidad, murmuramos en contra del Señor si no nos garantiza nuestro bienestar.

Pensamos que la adversidad solo puede provenir de Satanás, como si este fuera un segundo dios, incluso aquello que satanás pretende obrar para nuestro mal— lo utiliza Dios para el propósito final de nuestra salvación. Absolutamente nada puede frustrar sus propósitos misericordiosos para con nosotros en Cristo.

Pablo no sostiene que todas las cosas sean buenas. Afirma que «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman» (Ro 8.28).

Dios no perfecciona a los fieles actuando según lo que merecen, sino que considera las circunstancias que les serán útiles ahora y en el futuro. Él funciona más conforme a la orientación del médico que a la del juez. Muchas veces el sufrimiento nos lleva al límite de nuestros recursos, de manera que nos vemos impulsados a echar mano de la seguridad que nos brinda el Padre, en Cristo.

Nunca debemos olvidar que no existe un tribunal tan magnífico, un trono más majestuoso, una muestra de triunfo tan distinguida, un carruaje tan elevado como la cruz en la que Cristo venció a la muerte y al diablo. Su vida completa fue como una cruz eterna. La cruz de Cristo siempre contiene una victoria en sí misma.

La providencia de Dios vela por nuestra salvación, incluso cuando pareciera que no. Así como encontramos a Dios en los «lugares bajos» de este mundo: en un pesebre maloliente en Belén, cansado en las calles de Jerusalén y angustiado ante su deber de cumplir con el mandato de la cruz; también confiamos en que está presente en nuestra vida precisamente cuando las apariencias nos insinúan que está más escondido.

Al seguir a nuestro Salvador, llevamos la cruz de esta vida para conseguir reinar con Cristo en gloria. Dios no llama a su pueblo a triunfar antes de ejercitarlo en la batalla del sufrimiento.

Nuestra salvación y reconciliación con Dios en Cristo es más importante que cualquier felicidad presente. Obtienen más beneficios los hijos de Dios con ser bendecidos en medio de la invalidez y la destrucción, que en medio de la paz que nos provee bienestar.

Fuente: www.desarrollocristiano.com

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